Bromptonlove
Cuando el amor se cruza delante de tus ojos, resulta fundamental llevar la bicicleta limpia como los zapatos, un timbre de invitados, la escarcela llena de conejos blancos y un par de poemas recién escritos.
Hay miradas que iluminan y protegerse con las gafas ahumadas resulta inútil, las flechas del amor son como los rayos del sol durante un día nublado, se desdoblan sin avisar y en cualquier momento, a través de una nube despistada, te alcanzan justo entre las cejas.
Aguardaba a la luz del semáforo, cuando sobre una Dahon boardwalk de color verde, majestuosa como una gaviota, me superó una princesa de pelo oscuro y rizado; le dio al timbre y me adelantó. Bromptonlove se encabritó y nos pegamos discretamente a su rueda. La princesa rodaba con exquisita elegancia hasta que se encontró un jaguar invadiendo el carril-bici, señalizó con el brazo el cambio de carril, giró el cuello, y me encontró sonriendo en el centro del carril, me devolvió la sonrisa, frené y me quedé unos segundos inmóvil celebrándolo, mientras una hilera de rinocerontes aporreaban inútilmente el claxon. Con un solo dedo, señalé al cielo y seguí pedaleando, sin perder de vista las nalgas de la princesa.
Llevábamos el mismo camino y me puse de los nervios. Tracé una media luna y abandoné la estela, me detuve frente a una floristería y compré una rosa.
Como las flores, todas las bicicletas me parecen hermosas. Aumentan la capacidad de observación, multiplican la curiosidad y terminan por convertir la belleza en el mejor de los caminos. Bromptonlove además posee la capacidad de saber cuando estoy enamorado y me proporciona el valor suficiente para declararlo.
Llevaba una mochila negra, vaqueros y una camiseta blanca, exactamente igual que yo, subía despacio, con el piñón de la tranquilidad. Bromptonlove estaba técnicamente preparada para intentar la proeza y me ayudaba a contener el corazón. Estaba decidido a intentar una verónica, coloqué la palanca en torpedo2, me puse la rosa entre los dientes y salí como El Cid Campeador cabalgando a Babieca.
La igualé por estribor y cuando me miró, golpeé el timbre y dejé caer un párpado, cambié a tercera y abrí espacio, la superé y tras cambiar de sentido; cruzármela de cara, para volver a cambiar de sentido y volver a golpear el timbre y volver a superarla para finalmente, aguardarla metros más arriba con el brazo extendido y una rosa en la mano.
La verónica resultó deliciosa, salió perfecta pero la princesa de la Dahon no se detuvo y no me invitó al ático con chimenea, aminoró y sin detenerse, aceptó la rosa, sonrió y se alejó. Me quedé abatido, intentando consolar a Bromptonlove, sentado en un banco y acordándome de aquella tremenda cornada, que después de realizar una de sus mejores verónicas recibió Manolete.
Nos fuimos a celebrar la derrota a la terraza de enfrente, quince minutos más tarde apareció la princesa, dejó su Dahon junto a Bromptonlove, me dio dos besos y me dijo:
-He ido a ponerla en agua.
Oscar Patsi.
La sanidad pública, Bromptonlove y la Princesa, forman un triangulo de complicidad en la cotidianidad de Oscar Patsi.
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